Orlando Swayne, neurólogo consultor y colíder de una unidad pionera de neurorrehabilitación en el Hospital Nacional de Neurología y Neurocirugía de Londres, advierte de que la sociedad podría estar afrontando una futura crisis de discapacidad.
El médico, que también es autor del libro “Cómo usar un tenedor: historias sobre cómo reparar el cerebro roto”, sostiene que los recientes avances terapéuticos han hecho que el tratamiento sea más eficaz que nunca. Sin embargo, el acceso a estas intervenciones está disminuyendo, lo que plantea un riesgo cada vez mayor.
Claire, madre de tres hijos de unos 30 años, sufrió una rotura de arteria en la base del cerebro durante una salida con amigos. Llevada al hospital, fue sometida a una cirugía para aliviar la presión sobre su cerebro y pasó meses en cuidados intensivos. Cuando llegó a la unidad de Swayne, meses después, estaba seriamente comprometida: no podía hablar, tenía movilidad limitada y respondía poco a los estímulos.
Desafíos en el tratamiento y la vida con lesión cerebral
Los expertos se preguntan si un paciente con un deterioro tan profundo podría mejorar significativamente tanto tiempo después del evento. Swayne, sin embargo, ha visto mejoras en casos similares a lo largo de los años, especialmente en aquellos que reciben terapia intensiva con profesionales especializados.
Dice que, inicialmente, la formación médica sugería que los cerebros dañados no se recuperaban. Con el tiempo, mientras seguía a los pacientes a largo plazo, se dio cuenta de que quienes progresaban eran los que trabajaban con terapeutas. Esto lo llevó a estudiar la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para formar nuevas conexiones y reorganizarse.
El accidente cerebrovascular es una de las principales causas de discapacidad en adultos en el Reino Unido. La afección ocurre cuando un vaso sanguíneo se bloquea o se rompe, privando al cerebro de oxígeno. Las células cerebrales mueren rápidamente, lo que puede provocar parálisis, pérdida del habla, problemas de visión, cambios cognitivos y de personalidad, entre otros efectos.
Muchos pacientes muestran pequeñas mejoras en las primeras semanas a medida que disminuye la hinchazón. Las viejas opiniones limitaron las expectativas para este primer período. Hoy en día se entiende que el daño cerebral activa procesos de crecimiento neuronal similares a los del cerebro en desarrollo. Las neuronas supervivientes crean nuevas conexiones para evitar el tejido dañado.

La neuroplasticidad es más intensa en los primeros meses después del evento, pero no desaparece por completo. Los estudios indican que la terapia intensiva puede generar beneficios incluso 18 meses después de un accidente cerebrovascular. En el caso de Claire, las sesiones de posicionamiento, estiramientos, ejercicios de boca, lengua y voz, seguidos de musicoterapia, fueron fundamentales.
Con el tiempo empezó a responder más, a expresarse verbalmente y a utilizar su brazo derecho con mayor habilidad. Pudo interactuar con sus hijos, jugar, cocinar con ayuda y utilizar una silla de ruedas motorizada, transformando su calidad de vida a pesar de las persistentes limitaciones en su lado izquierdo.
Otros pacientes del libro de Swayne ilustran el proceso. Un vicario que perdió el habla tras un derrame cerebral ha reconstruido los movimientos de la lengua y la deglución. Un mixólogo reaprendió tareas básicas como cepillarse los dientes. Un techador que cayó desde una altura trabajó atentamente y realizó múltiples tareas en la cocina.
Los mecanismos de neuroplasticidad involucran neuronas en la corteza motora que, después de una lesión, relajan las inhibiciones y reclutan vecinas para nuevas funciones, con un entrenamiento intenso. No todo es reversible, especialmente cuando las conexiones se pierden por completo, pero las redes distribuidas permiten cierta flexibilidad.
Swayne enfatiza que no todo el mundo se recupera por completo, pero una terapia temprana, dirigida e intensa puede provocar cambios significativos. Sostiene que existe una obligación moral y económica de brindar esta atención, evitando una “bomba de tiempo” de deficiencias sociales y médicas.