Con más del 95% de los votos escrutados, la disputa por la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Perú sigue abierta este martes (9), con el candidato de izquierda Roberto Sánchez y la candidata de derecha Keiko Fujimori compitiendo voto a voto.
A primera hora de la tarde del lunes (8), Sánchez tomó la delantera en la carrera presidencial y sigue por delante de Keiko Fujimori en el total de votos.
Sánchez aparece con el 50,074% de los votos, mientras que Fujimori registra el 49,926%, según la más reciente actualización de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) difundida a las 3:28 hora de Brasilia. La mínima diferencia mantiene indefinido el resultado electoral.
Según el conteo oficial del organismo electoral peruano, luego de varias horas en las que el candidato conservador lideró el proceso, el diputado de izquierda tomó la delantera a las 14:58, hora de Brasilia.
El candidato conservador aparecía como favorito en los sondeos a pie de urna, pero ya se pronosticaba que el diputado ganaría terreno en la recta final, ya que tiene fuerza en las zonas rurales, que son las últimas en ser incluidas en el recuento.
Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori, terminó primera en la primera vuelta, con el 17,2% de los votos válidos. Roberto Sánchez obtuvo el 12% de los votos válidos en la votación inicial, en la que participaron un récord de 35 candidatos.
Los colegios electorales cerraron la votación a las 17 horas locales (19 horas en Brasilia) del domingo (7), en una jornada sin incidentes graves, a diferencia de la primera vuelta, que se caracterizó por fallos técnicos y denuncias de fraude.
Primera ronda fragmentada
El país acudió a las urnas en un escenario político muy fragmentado y con un número récord de candidatos.
Lucas Berti, politólogo e investigador sobre el Perú del Observatorio Político Sudamericano, evalúa que la situación actual refleja un profundo descreimiento en las instituciones.
“Es un síntoma de un proceso de deslegitimación institucional que viene ocurriendo en los últimos años en el país. Y esto, en la medida en que los presidentes electos no pueden gobernar”, afirmó.
9 presidentes en 10 años
Perú ha tenido nueve presidentes en diez años. A modo de comparación, los mandatos presidenciales duran cinco años, lo que significaría, en condiciones normales de estabilidad democrática, sólo dos presidentes en el mismo período. En la práctica, algunos jefes de Estado duraron apenas unos días en el cargo.
“En estos años, el liderazgo que más duró fue el de Dina Boluarte, quien se mantuvo en el poder durante casi tres años. Pero, tras disgustar en el Congreso a la oposición encabezada por la coalición fujimorista de Keiko, también cayó”, dice Berti.
Además, el artículo 113 de la Constitución peruana permite la destitución de un presidente por “incapacidad física o moral permanente”, siendo el Congreso quien hace esta evaluación.
De esta manera, si los parlamentarios no están de acuerdo con una ley propuesta por el presidente, pueden activar el mecanismo y derrocarlo en menos de 24 horas, incluso si fue elegido por la mayoría de los votantes.
Para el politólogo, esta instalación resalta la fragilidad de las instituciones en el Perú. En los últimos años, la coalición fujimorista, con mayoría en el Congreso, ha concentrado el poder en el Legislativo, los Tribunales y el Poder Judicial.
Desde 2008, Keiko Fujimori lidera el movimiento fujimorista, fundando el partido Fuerza Popular, pero aún no ha logrado llegar al Ejecutivo.
“Keiko perdió las tres últimas elecciones (2011, 2016 y 2021) en segunda vuelta, por márgenes muy ajustados. Y ahora en estas elecciones, en 2026, pasa a segunda vuelta con un margen mayor de votos. Algunos institutos dan ventaja a Keiko, otros a Sánchez. Lo que indica una cosa: las elecciones serán difíciles y el resultado aún está abierto”, afirma Berti.
Democracia en crisis: ‘desconfianza crónica’
La tensión constante entre los poderes Ejecutivo y Legislativo no sólo generó inestabilidad política, sino que también afectó profundamente la percepción que la población tenía de la democracia.
“La credibilidad de las instituciones es muy baja si miramos los últimos 10 años. Y la desconfianza en el Congreso supera el 90%, especialmente durante el proceso que desembocaría en la caída de la expresidenta Dina Boluarte, en 2025”, explica Berti.
Datos recientes del Latinobarómetro, que evalúa la calidad de la democracia en América Latina, indican que Perú registra uno de los niveles más bajos de confianza en las instituciones de la región. Es una “desconfianza crónica”.
Según la encuesta, el 90% de los peruanos tiene poca o ninguna confianza en el gobierno y el Congreso, mientras que sólo el 10% dice estar satisfecho con la democracia. También existe un creciente sentimiento de indiferencia hacia la política o el régimen gubernamental.
“Es muy fácil crear partidos en el Perú y son partidos que se llaman ‘poco institucionalizados’. Son partidos que no tienen arraigo efectivo en una sociedad, que no es un partido que entra en disputa por 20, 40 años. Sino partidos que aparecen y desaparecen, así como no hay lealtad de los candidatos hacia los partidos, que también cambian de coalición fácilmente”, explica Berti.
Todo este contexto hace que los electores vean a los candidatos como figuras sin bases sólidas, lo que alimenta aún más la desconfianza y el temor de que los elegidos puedan ser destituidos fácilmente.
Sistema unicameral x bicameral
A diferencia de Brasil, Perú operaba con un sistema unicameral, en el que el Congreso tenía una sola cámara legislativa y 130 parlamentarios.
Sin embargo, las elecciones de este año restablecieron el sistema bicameral, con la Cámara de Diputados y el Senado, por primera vez en décadas. Desde la primera vuelta, en abril, el país vuelve a tener una Cámara de 130 escaños y un Senado de 60 escaños.
En el nuevo modelo, la destitución de un presidente requerirá la aprobación de ambas Cámaras, actuando el Senado como última instancia.
Hasta 1992, el Perú contaba con una Cámara y un Senado. Ese año, el entonces presidente Alberto Fujimori llevó a cabo un autogolpe, cerró el Congreso, envió soldados a las calles y promulgó una nueva Constitución al año siguiente. El texto, aprobado en referéndum, eliminó el Senado, norma vigente hasta esta elección.