La comunidad científica sigue sin poder revelar qué especies animales sirven como reservorio natural del virus Bundibugyo. Aunque se sabe que el patógeno salta periódicamente a los humanos, su origen en la naturaleza sigue siendo un enigma para los investigadores.
Los huéspedes candidatos para el virus del Ébola, incluido el Bundibugyo, incluyen animales como los murciélagos frugívoros, el búfalo africano, las sitatungas y los murciélagos angoleños de cola libre. Estos se consideran posibles refugios para que estos virus permanezcan.
Desde abril, la República Democrática del Congo se enfrenta a un brote de ébola que ha alcanzado los 1.114 casos confirmados y ha provocado 279 muertes. Esta es ya la tercera epidemia más grande de la enfermedad desde su descubrimiento hace cinco décadas.
A pesar de su alarmante magnitud, esta ola de infecciones está marcada por muchas incógnitas. Los orígenes del virus, en particular, siguen sin estar claros.
El agente causal es el virus Bundibugyo, un patógeno menos familiar y una de las tres variantes virales capaces de desencadenar la enfermedad del Ébola. La principal hipótesis de los científicos es que reside en poblaciones animales, transmitiéndose ocasionalmente a los humanos y generando brotes.
Sin embargo, incluso después de extensas investigaciones que duraron años, los investigadores no han logrado localizar el escondite del virus cuando no está activo en huéspedes humanos. “No tenemos absolutamente nada sobre Bundibugyo”, afirmó Mekala Sundaram, ecologista de la Universidad de Georgia, destacando la complejidad de la búsqueda de respuestas.
El desconocimiento sobre el embalse de Bundibugyo expone a la humanidad a importantes riesgos. Comprender dónde se esconde el patógeno es esencial para prevenir futuras epidemias, ya que el virus tiene potencial para volver a aparecer. Esta necesidad de identificación también se extiende a otras variantes del virus del Ébola y patógenos relacionados que aún no han infectado a los humanos.
La enfermedad del Ébola fue reconocida inicialmente en 1976, con dos brotes fatales simultáneos: uno en lo que entonces era Zaire, hoy República Democrática del Congo, y el otro en lo que hoy es Sudán del Sur. En ambos casos, los síntomas se manifestaron de manera similar, incluyendo fiebre alta, vómitos intensos, hemorragias internas y externas y, en la mayoría de las víctimas, un desenlace fatal.

