Las crecientes olas de calor, impulsadas por el aumento de las temperaturas globales, pueden estar afectando mucho más que solo el bienestar físico de los animales. Hallazgos recientes, recopilados en un análisis de Scientific American, basado en diversas investigaciones, indican que el calor intenso perjudica facultades fundamentales del cerebro, dificultando el aprendizaje, disminuyendo la capacidad de reaccionar ante los peligros e incluso intensificando la frecuencia de conductas agresivas en varias especies.
Se han observado impactos en una amplia gama de seres vivos, incluidos pájaros, peces, mamíferos e insectos. Un experimento realizado en Sudáfrica, por ejemplo, reveló que las hembras de los petirrojos de alas blancas del sur obtuvieron peores resultados en desafíos simples de resolución de problemas durante los períodos más cálidos. Mientras que en temperaturas suaves aprendieron rápidamente a sortear los obstáculos para obtener alimentos, en días de intenso calor insistieron repetidamente en el enfoque equivocado.
Otros experimentos demuestran que estas mismas aves necesitaron el doble de intentos para asociar correctamente una tapa específica con una recompensa alimentaria durante las olas de calor. Se identificaron patrones similares en investigaciones con pinzones cebra australianos, que tenían dificultades para encontrar una salida sencilla para obtener larvas, y con guppies macho, que comenzaron a fallar en los recorridos del laberinto, incluso cuando la recompensa era la reproducción.
Según los investigadores implicados en este trabajo, el deterioro cognitivo puede representar una amenaza directa para la supervivencia de la especie. Los animales que tardan más en encontrar alimento, no logran identificar a los depredadores o pierden la capacidad de adquirir nuevas estrategias se vuelven más vulnerables en entornos que ya están bajo presión por el cambio climático.
Comportamiento agresivo y riesgos crecientes para los ecosistemas
Las investigaciones también muestran que el calor puede fomentar un comportamiento más agresivo. Un estudio publicado en 2023, que analizó casi 70.000 registros de mordeduras de perros en ocho ciudades de Estados Unidos, concluyó que los ataques eran más frecuentes en los días calurosos y soleados. Sin embargo, los autores subrayan que todavía no es posible determinar si este cambio se limita a los animales o si el estrés por calor humano también contribuye al aumento de los incidentes.
Se ha registrado un fenómeno similar en otras especies. Las gamuzas que se encuentran en los Apeninos italianos comenzaron a competir más intensamente por el alimento cuando las temperaturas subieron y la vegetación se hizo más escasa. Los pequeños peces tropicales, como los julias doradas, demostraron reacciones más agresivas al ver su propio reflejo cuando se los mantenía en agua caliente.
Los insectos polinizadores también pueden sufrir importantes consecuencias. En pruebas realizadas en Suecia, la mayoría de los abejorros pudieron aprender a asociar colores específicos con recompensas alimentarias cuando la temperatura era de 25°C. Sin embargo, a 32°C, menos de la mitad logró el mismo rendimiento, lo que genera preocupación sobre los posibles impactos en la polinización de cultivos agrícolas y plantas nativas.
Otra observación relevante es la reducción de la vigilancia frente a los depredadores. En experimentos realizados en el desierto de Kalahari, las aves expuestas a temperaturas cercanas a los 35,5°C perdieron la capacidad de distinguir un carnívoro disecado de un objeto inofensivo de tamaño similar, reaccionando casi de manera idéntica ante ambas situaciones.
Los científicos consideran que este tipo de modificación de comportamiento puede reducir las posibilidades de supervivencia en hábitats naturales, sobre todo porque varias especies dependen de decisiones rápidas para escapar de ataques o localizar recursos limitados.
Aunque los mecanismos exactos varían entre los diferentes grupos de animales, los investigadores indican que el calentamiento cerebral puede comprometer el funcionamiento de las células nerviosas, afectando directamente a la memoria, el aprendizaje y la percepción. El problema tiende a ser aún más grave en especies que no pueden regular su propia temperatura corporal, como los peces y los insectos.
Los efectos podrían volverse aún más pronunciados a medida que los fenómenos meteorológicos extremos se vuelvan más frecuentes y duraderos. Regiones como el desierto de Kalahari y los ríos tropicales ya están experimentando un calentamiento acelerado, mientras que las zonas urbanas registran a menudo temperaturas más altas que sus alrededores debido al fenómeno de la isla de calor.
Para los autores del estudio, comprender cómo el calor afecta la cognición animal será crucial para predecir los efectos del cambio climático en ecosistemas enteros. Si los polinizadores no logran encontrar flores, las aves tienen dificultades para criar a sus crías o las presas no reconocen a los depredadores de manera efectiva, las repercusiones pueden llegar mucho más allá de una sola especie.
La conclusión de los investigadores es que los impactos del calor extremo en los cerebros de los animales todavía son poco apreciados y pueden representar uno de los desafíos menos evidentes, pero potencialmente más cruciales, para la adaptación de la fauna en un planeta en calentamiento.

