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Una forma de vida descubierta en el epicentro del desastre nuclear Chernobyl está siendo investigada como una posible solución a uno de los mayores desafíos de la exploración espacial. El hongo negro, identificado como

La capacidad única de este microorganismo para metabolizar la radiación ionizante ha abierto un nuevo campo de investigación con implicaciones directas para la seguridad de futuras tripulaciones espaciales. La radiación cósmica representa un riesgo significativo para la salud de los astronautas fuera del campo magnético de Terra, y los científicos creen que un escudo biológico hecho de este hongo podría ofrecer una protección liviana, eficiente y autocurativa.

Los experimentos realizados a bordo del Estação Espacial Internacional (ISS) ya han proporcionado datos prometedores, confirmando que incluso una fina capa del hongo es capaz de atenuar el paso de la radiación. El descubrimiento de Esta está impulsando el desarrollo de nuevos materiales biológicos que podrían revolucionar la forma en que la humanidad se protege en entornos hostiles, tanto en el espacio como en Terra.

Fungo
Hongo – Alchy/Shutterstock.com

El sorprendente descubrimiento en el reactor 4

En 1991, apenas cinco años después de la explosión, los científicos ucranianos que exploraban el interior del sarcófago de hormigón del reactor 4 Chernobyl hicieron un descubrimiento inesperado. Contrariando Esperando encontrar un ambiente estéril debido a los niveles muy altos de radiación gamma, observaron las paredes del reactor cubiertas por una capa oscura de hongos, demostrando una notable resistencia biológica.

Entre las diversas especies encontradas, Cladosporium sphaerospermum llamó la atención porque parecía crecer activamente hacia las fuentes de radiación, como si se sintiera atraído por ellas. Análises confirmó posteriormente que este hongo, rico en melanina, acumulaba isótopos radiactivos en sus tejidos, lo que desencadenó décadas de estudios para descubrir el secreto detrás de su supervivencia extrema.

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El papel de la melanina en la radiosíntesis.

El secreto de la extraordinaria capacidad del hongo Chernobyl reside en la melanina, el mismo pigmento que protege la piel humana de los rayos ultravioleta. Una investigación fundamental realizada en 2007, dirigida por el radiofarmacólogo Ekaterina Dadachova, demostró que los hongos con melanina crecían más rápido cuando se exponían a niveles de radiación 500 veces superiores a lo normal. La teoría es que la radiación ionizante cambia las propiedades electrónicas de la molécula de melanina, permitiéndole capturar la energía de los rayos gamma. La energía capturada Essa se convierte luego en energía química, que la célula fúngica utiliza para impulsar su metabolismo y crecimiento. El proceso Este se llamó radiosíntesis, una forma análoga a la fotosíntesis de las plantas, pero que utiliza radiación en lugar de luz como fuente principal de energía. Aunque los detalles moleculares de cómo se transfiere la energía a las vías metabólicas siguen siendo objeto de intensa investigación, el descubrimiento estableció una nueva clase de organismos, los radiotrofos, que se alimentan de una fuente de energía que es letal para la mayoría de las otras formas de vida en el planeta.

Pruebas en Estação Espacial Internacional

Para validar el potencial del hongo en un entorno espacial real, se enviaron muestras de C. sphaerospermum a Estação Espacial Internacional en 2020.

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En el experimento, el hongo se cultivó en placas Petri durante 30 días, quedando expuesto directamente a la radiación cósmica y a las partículas solares presentes en la órbita baja de Terra.

Los sensores colocados debajo del cultivo midieron la cantidad de radiación que pasó a través de la capa de hongos. Los resultados mostraron que una capa de sólo 1,7 a 2 milímetros de espesor reducía la dosis de radiación en aproximadamente un 2,54%.

Aunque el porcentaje parece modesto, las proyecciones indican que una capa más gruesa, de unos 21 centímetros, podría atenuar significativamente la radiación, ofreciendo una protección viable para los astronautas en un viaje a Marte.

Aplicaciones futuras en Terra y en el espacio

La principal aplicación prevista es la creación de escudos biológicos para barcos y hábitats en Marte, que serían más ligeros que los materiales tradicionales, como el plomo, y tendrían la capacidad de autorregenerarse en caso de sufrir daños.

En Terra, la tecnología podría utilizarse para desarrollar ropa de protección más eficiente para los trabajadores de las centrales nucleares y equipos médicos.

Otro campo prometedor es la biorremediación, utilizando el hongo para descontaminar el suelo y el agua afectados por desechos radiactivos.

Desafíos y camino a seguir

A pesar del optimismo, la comunidad científica todavía está trabajando para comprender completamente el proceso. Una revisión de 2022 realizada por Universidade Stanford señaló que todavía no hay pruebas definitivas de que el hongo realice la fijación de carbono utilizando únicamente energía de radiación.

Además, existen importantes desafíos de ingeniería para implementar esta tecnología en el espacio, como el desarrollo de sistemas de soporte vital para el hongo y su integración segura en las estructuras de las naves espaciales.

Investigación en curso y modificación genética.

Laboratorios de varios países continúan investigando C. sphaerospermum y otros hongos radiotróficos para mejorar sus capacidades.

Uno de los frentes de investigación más prometedores implica la modificación genética del organismo para aumentar su eficiencia en la absorción y conversión de radiación, convirtiéndolo en un escudo biológico aún más poderoso.

Del desastre nuclear a la esperanza cósmica

El viaje del hongo de Chernobyl es un testimonio de la increíble capacidad de adaptación de la vida, transformando el legado de una catástrofe humana en una fuente de esperanza para el futuro de la exploración espacial.

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