El ayatolá Jamenei reacciona a Trump y califica las protestas en Irán de actos de puro vandalismoPor Luís Henrique Costa
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Una ola de manifestaciones motivadas por la grave crisis económica se intensificó en varias ciudades del Irã, evolucionando rápidamente hacia un movimiento con claras demandas políticas contra el régimen. El descontento popular, inicialmente centrado en la inflación y la devaluación de la moneda local, el rial, dio paso a gritos de “Muerte al dictador”, dirigidos al líder supremo, el ayatolá Ali Khamenei. La respuesta gubernamental fue inmediata y severa, con fuerte represión en las calles y un bloqueo total de internet para contener la organización de los actos y la difusión de imágenes.
La situación escaló hasta el punto de atraer la atención internacional, y el entonces presidente del Estados Unidos, Donald Trump, emitió nuevas amenazas de intervención si la represión provocaba muertes de civiles. El intercambio de acusaciones entre Washington y Teerã aumentó la tensión diplomática, y el gobierno iraní acusó a fuerzas externas de incitar a la violencia y convertir protestas legítimas en actos de subversión. Relatos de organizaciones de derechos humanos denuncian decenas de muertos y miles de detenidos desde el inicio de los enfrentamientos.
La escalada del descontento popular
El detonante de las protestas fue el fuerte deterioro de la economía iraní, con una inflación que superó el 40% y el rial alcanzando mínimos históricos. Cidadãos gente común y comerciantes, asfixiados por el continuo aumento de los precios de los productos básicos, iniciaron las primeras movilizaciones en ciudades más pequeñas, que pronto se extendieron a los grandes centros urbanos, incluida la capital, Teerã.
Lo que comenzó como un agravio económico rápidamente adquirió un cariz político. La frustración por la mala gestión y la corrupción ha canalizado la ira popular directamente hacia los dirigentes del país, un objetivo que rara vez se enfrenta tan abiertamente. Las consignas comenzaron a exigir la dimisión de Khamenei y el fin del régimen clerical instaurado en 1979.
Las manifestaciones se apoderaron de al menos la mitad de las 31 provincias de Irán, con escenas de enfrentamiento directo entre los manifestantes y las fuerzas de seguridad. Veículos y edificios públicos fueron incendiados en varias localidades, simbolizando el rechazo a las instituciones gubernamentales y la profundización de la crisis social que atravesaba el país.
La respuesta de las autoridades fue multifacética y combinó el uso de la fuerza, como gases lacrimógenos y disparos, con tácticas de control de la información. Bloquear Internet fue una herramienta estratégica para desmovilizar a los manifestantes e impedir que el mundo fuera testigo de la escala real de la represión, lo que dificultaba verificar de forma independiente el número de víctimas.
La respuesta del líder supremo
En su primera declaración pública sobre la crisis, retransmitida por la televisión estatal, el ayatolá Ali Khamenei adoptó un tono duro e inflexible, descalificando la legitimidad de las manifestaciones y atribuyendo la violencia a agentes externos. Ele calificó a los participantes en los hechos como “vándalos” y “saboteadores” que, según él, estaban destruyendo bienes públicos al servicio de intereses extranjeros, con el único objetivo de complacer a los enemigos de Irã. Khamenei afirmó categóricamente que el régimen no daría marcha atrás ante lo que consideraba una conspiración orquestada y que el país no toleraría las acciones de “mercenarios”. El líder supremo también dirigió críticas directas a Donald Trump, sugiriendo que el presidente estadounidense debería centrarse en los problemas internos de Estados Unidos en lugar de interferir en los asuntos iraníes. En referencia a acciones militares pasadas, Khamenei declaró que las manos de Trump estaban “manchadas con la sangre de iraníes” y que los manifestantes que destruyeron sus propias calles sólo buscaban el apoyo de potencias hostiles.
Tensión diplomática con el Estados Unidos
Las declaraciones de Donald Trump sobre la situación en Irã agregaron una capa de complejidad al escenario, intensificando las ya desgastadas relaciones entre los dos países. El presidente estadounidense advirtió públicamente que el Estados Unidos no permanecería pasivo ante la muerte de los manifestantes, afirmando que se implementaría una dura respuesta si el régimen iraní utilizara fuerza letal contra sus propios ciudadanos. Trump expresó públicamente su esperanza de que los manifestantes permanecieran seguros, al tiempo que describió el entorno en Irã como extremadamente peligroso e inestable.
Esta retórica fue interpretada por Teerã como evidencia de interferencia directa y fomento del desorden interno. Autoridades Mujeres iraníes formalizaron una denuncia ante Nações Unidas, acusando al gobierno estadounidense de violar el derecho internacional al apoyar abiertamente actos subversivos. Para el régimen iraní, la posición de Washington convirtió las protestas pacíficas en confrontaciones violentas, proporcionando una narrativa para justificar la represión como una defensa de la soberanía nacional contra la agresión externa. El intercambio de acusaciones marcó uno de los puntos más bajos de las relaciones diplomáticas, alimentando la desconfianza mutua y obstaculizando cualquier posibilidad de diálogo para reducir la escalada del conflicto.
Represión y bloqueo de información
Para contener la ola de protestas, el gobierno iraní movilizó un vasto aparato de seguridad. Las milicias Guarda Revolucionária y Basij fueron desplegadas para actuar en la primera línea de represión, utilizando métodos agresivos para dispersar multitudes en varias ciudades.
Una de las medidas de mayor impacto fue el corte casi total del acceso a Internet en todo el país. La acción Essa tuvo como objetivo interrumpir la comunicación entre los manifestantes, que utilizaron aplicaciones de mensajería y redes sociales para organizar actos y compartir información en tiempo real sobre el movimiento de las fuerzas de seguridad.
El apagón digital también sirvió para crear un vacío de información, limitando drásticamente la capacidad de los medios internacionales y las organizaciones de derechos humanos para documentar la violencia. Mesmo con las restricciones, algunos videos y reportajes logró romper el bloqueo, mostrando la brutalidad de la represión y la determinación de los manifestantes.
Las herramientas del control estatal
Además de la fuerza física en las calles, el régimen iraní utilizó el sistema judicial como herramienta de intimidación. Los jueces de Autoridades prometieron públicamente castigos “decisivo y no indulgente” para los detenidos durante los enfrentamientos, lo que indica una política de tolerancia cero.
Los fiscales incluso mencionaron la posibilidad de cargos graves, como sabotaje y “guerra contra Deus”, que en el sistema legal iraní pueden acarrear penas severas, incluida la pena de muerte. La amenaza de Essa tenía como objetivo desalentar la participación en futuras protestas y reafirmar el control de Estado.
Las demandas políticas cobran fuerza
A pesar de la represión, la naturaleza de las protestas demostró un cambio significativo en las aspiraciones de una parte de la población. Las agendas fueron más allá de los agravios económicos y se consolidaron como un movimiento que cuestionaba la legitimidad misma del sistema teocrático.
En varias manifestaciones se escucharon consignas que pedían la restauración de la monarquía y referencias a símbolos del período prerrevolucionario, lo que indicaba el deseo de un cambio estructural profundo en el país. El movimiento representó uno de los mayores desafíos internos que enfrentó el régimen clerical en años.
La escena en las calles iraníes
En ciudades como Teerã, Shiraz y Zahedan, las calles se han convertido en escenarios de enfrentamientos diarios. Multidões bloqueó carreteras importantes, quemó símbolos gubernamentales, como retratos del líder supremo, y resistió el avance de las fuerzas de seguridad, manteniendo la situación volátil a pesar del fuerte aparato represivo impuesto por las autoridades.








