Hielo marino del Ártico cae a 4,60 millones de km² en 2026 e iguala su décima peor marca según la NASA

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Arctic sea ice reaches its annual minimum extent on September 12, 2026 - NASA Earth Observatory/Michala Garrison Foto: Arctic sea ice reaches its annual minimum extent on September 12, 2026 - NASA Earth Observatory/Michala Garrison

Los satélites de observación terrestre de la agencia espacial estadounidense (NASA) y del National Snow and Ice Data Center (NSIDC, el centro nacional de datos sobre nieve y hielo de Estados Unidos) confirmaron que la superficie helada del océano Ártico descendió hasta los 4,60 millones de kilómetros cuadrados (1,78 millones de millas cuadradas) el 12 de septiembre de 2026. Ese registro marcó el punto más bajo del año tras el deshielo del verano boreal y dejó a la temporada empatada estadísticamente con los años 2008, 2010 y 2025 en el décimo puesto entre las menores extensiones medidas en casi 48 años de vigilancia espacial ininterrumpida.

Al cierre de septiembre de 2026, el promedio mensual de la cobertura polar se situó en 4,81 millones de kilómetros cuadrados (1,86 millones de millas cuadradas), posicionándose como el decimotercer mes de septiembre con menor volumen de hielo de todo el archivo satelital. La cifra representa una pérdida de 1,6 millones de kilómetros cuadrados (618.000 millas cuadradas) respecto a la media registrada en el periodo de referencia de 1981 a 2010. Para establecer estos balances con rigor estadístico, el NSIDC procesa promedios móviles de cinco días e incluye cada sector oceánico que mantenga al menos un 15 % de concentración de agua congelada, aplicando un margen de empate técnico cuando las variaciones entre distintos años no superan los 40.000 kilómetros cuadrados.

Walt Meier, científico sénior del NSIDC en la Universidad de Colorado en Boulder, explicó en el balance difundido en octubre de 2026 que las mediciones reflejan una alteración profunda y duradera del ecosistema polar. “El mínimo de este año es otra baja extensión más en un Ártico transformado. Aunque el mínimo de este año está en línea con los años recientes, es mucho menor que cualquier cosa que hayamos visto en las décadas de 1980, 1990 y a principios de los años 2000”, afirmó el investigador.

Veinte veranos consecutivos en los niveles más bajos y el paso del rompehielos Oden hasta el Polo Norte

Desde que comenzó el seguimiento espacial continuo a finales de 1978, el ciclo anual del océano Ártico —caracterizado por la expansión de la banquisa durante la oscuridad invernal hasta su tope en marzo y el retroceso estival que culmina en septiembre— ha perdido superficie tanto en su fase de congelación como en la de deshielo. Los 20 veranos transcurridos entre 2007 y 2026 acaparan, sin excepción, las 20 posiciones más bajas de toda la serie histórica para el mes de septiembre, una lista encabezada por el mínimo absoluto del 16 de septiembre de 2012, cuando el hielo se redujo a 3,41 millones de kilómetros cuadrados (1,32 millones de millas cuadradas). Pese a esta concentración de registros críticos, la velocidad de pérdida estival mostró una desaceleración durante la última década, manteniendo las cifras de septiembre en una franja relativamente estable frente al desplome acelerado que caracterizó a la década de 2000.

Los especialistas advierten que esa meseta estadística no supone una regeneración del casquete polar, sino un equilibrio estacional distinto condicionado por fenómenos meteorológicos de corta duración. Durante el trimestre de junio a agosto de 2026, mientras las temperaturas globales del aire se mantenían en niveles récord o muy próximos a ellos, la atmósfera sobre el océano Ártico experimentó tormentas frecuentes, aire frío y una densa capa de nubosidad que bloqueó la radiación solar directa y contuvo el derretimiento. Sin embargo, la estructura física de la banquisa presentó una marcada falta de compactación en el sector del Atlántico, donde los bloques de hielo flotaron dispersos hasta el mismo Polo Norte y abrieron canales que permitieron al buque rompehielos sueco Oden navegar hasta el punto más septentrional de la Tierra.

El director del NSIDC, Mark Serreze, subrayó el contraste entre las condiciones atmosféricas del verano boreal y la fragilidad observada en las aguas cercanas al polo geográfico. “Ha sido un año extraño. Fue solo la décima menor en extensión, pero, a pesar del verano razonablemente frío en el océano Ártico, había hielo suelto hasta el polo”, declaró el directivo.

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Desaparición de las capas multianuales y retroceso simultáneo en el invierno del Ártico y de la Antártida

Más allá de la reducción en la superficie total, el informe técnico elaborado con las visualizaciones de Michala Garrison, responsable de las imágenes del NASA Earth Observatory, documenta un deterioro en la edad y el grosor de la plataforma helada. En las primeras décadas del registro satelital, la cuenca polar estaba dominada por el hielo multianual, una capa antigua que sobrevive al menos a un verano completo y gana espesor y dureza con el paso de los inviernos. Para este jueves (15), ese material resistente ha quedado confinado a una estrecha franja al norte de Groenlandia y a sectores próximos al polo, cediendo el resto del océano al hielo de primer año, una corteza delgada que se forma en una sola temporada invernal y se funde con rapidez ante el regreso de las temperaturas más cálidas.

La debilidad del sistema criosférico quedó registrada también en los extremos invernales de ambos hemisferios a lo largo de 2026. El 15 de marzo de 2026, al concluir el invierno boreal, el Ártico alcanzó un pico máximo de apenas 14,29 millones de kilómetros cuadrados (5,52 millones de millas cuadradas), empatando estadísticamente con la marca de marzo de 2025 como el máximo invernal más bajo en toda la era de satélites, dentro de una tendencia que acumula una caída del 2,5 % por década en los meses de marzo desde 1979. Al otro lado del planeta, donde las estaciones se invierten, el hielo marino de la Antártida tocó su techo anual de invierno el 14 de septiembre de 2026 con 17,59 millones de kilómetros cuadrados (6,79 millones de millas cuadradas), lo que constituye el tercer máximo más bajo jamás medido en el hemisferio sur.

  • 15 de marzo de 2026: el máximo invernal del Ártico llega a 14,29 millones de kilómetros cuadrados (5,52 millones de millas cuadradas), igualando a 2025 como el menor tope de invierno de la historia satelital.
  • 12 de septiembre de 2026: el mínimo estival del Ártico cae a 4,60 millones de kilómetros cuadrados (1,78 millones de millas cuadradas), empatado con 2008, 2010 y 2025 en el décimo lugar histórico.
  • 14 de septiembre de 2026: el máximo invernal de la Antártida se frena en 17,59 millones de kilómetros cuadrados (6,79 millones de millas cuadradas), la tercera marca máxima más baja del polo sur.
  • Promedio de septiembre de 2026 en el Ártico: 4,81 millones de kilómetros cuadrados (1,86 millones de millas cuadradas), es decir, 1,6 millones de kilómetros cuadrados por debajo de la media de 1981 a 2010.

Al analizar el comportamiento del océano Austral, el científico sénior del NSIDC Ted Scambos señaló que la formación de la corteza helada permaneció rezagada durante toda la estación fría del hemisferio sur. “El hielo marino de la Antártida durante la temporada de crecimiento de este año quedó constantemente por detrás del promedio a largo plazo”, dijo el especialista.

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Sensores de microondas de la misión japonesa GCOM-W1 y el pronóstico de aguas abiertas antes de 2050

Las variaciones meteorológicas naturales, entre ellas la Oscilación del Ártico —un patrón de circulación atmosférica que modifica el régimen de vientos y temperaturas en las altas latitudes—, provocan oscilaciones interanuales en la banquisa, pero resultan insuficientes para explicar la pérdida acumulada desde finales de la década de 1970. Al cruzar esa variabilidad natural con el incremento sostenido de las temperaturas globales, los modelos climáticos citados por los investigadores proyectan que el océano Ártico quedará prácticamente libre de hielo marino durante el verano al menos una vez antes de mediados del siglo XXI, es decir, antes del año 2050.

Para medir la evolución de los polos sin que la nubosidad ni la noche polar interrumpan la recolección de datos, los equipos científicos emplean radiómetros de microondas pasivas a bordo de satélites, instrumentos capaces de captar la radiación térmica natural de la Tierra y distinguir entre el agua líquida del mar y la superficie congelada. Esta vigilancia comenzó a finales de 1978 con la nave Nimbus-7 de la NASA, continuó desde 1987 mediante las plataformas del Defense Meteorological Satellite Program (DMSP, el programa de satélites meteorológicos de defensa de Estados Unidos) y sumó entre 2002 y 2011 los registros del satélite Aqua de la agencia estadounidense. Desde 2025, la serie incorpora las observaciones del satélite GCOM-W1, conocido también como SHIZUKU y operado por la agencia de exploración aeroespacial de Japón (JAXA).

El documento técnico difundido el 7 de octubre de 2026 por el NSIDC y el NASA Earth Observatory precisa además por qué las cartografías satelitales muestran un círculo blanco justo encima del Polo Norte, denominado agujero polar (pole hole, en la terminología en inglés). Esa circunferencia responde al límite geométrico de inclinación orbital que históricamente ha impedido a los sensores barrer el extremo exacto del eje terrestre, una zona donde los científicos asumen, a efectos del cálculo matemático de la extensión total, que el océano permanece cubierto de hielo en su totalidad.

Luís Henrique Costa é jornalista formado pela FMU, editor-chefe e fundador do Mix Vale, portal de notícias em atividade desde 2013. Responde pela direção editorial do veículo, que cobre Brasil e mundo em economia, benefícios sociais, esportes, tecnologia, ciência e entretenimento. Atua na área há mais de 15 anos e lidera uma equipe de cerca de 15 colaboradores.

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