Singapur cuenta desde hace más de tres décadas con una peculiar ley que prohíbe la fabricación y venta de chicles, con controles estrictos desde 1992. La medida, introducida oficialmente el 1 de enero de 1992, tiene como objetivo combatir la eliminación inadecuada de chicles, que causaba importantes problemas en la infraestructura urbana del país asiático. Para los residentes y visitantes de Singapur, es fundamental comprender que mascar chicle no es ilegal en sí mismo, pero sí lo es su venta y eliminación en lugares públicos.
Tirar chicle en lugares públicos puede generar multas importantes, lo que refuerza la reputación del país por sus estrictos estándares de limpieza y comportamiento cívico. Aunque la regla es estricta, existen algunas excepciones para determinadas variedades destinadas a fines odontológicos y terapéuticos.
El inicio de la prohibición y los desafíos urbanos
La idea de prohibir el chicle surgió en 1983, cuando el entonces Primer Ministro de Singapur, Lee Kuan Yew, recibió una propuesta para abordar el problema de los residuos. Restos de chicles fueron encontrados en lugares como buzones, cerraduras, ascensores, escaleras, aceras y asientos de autobuses, generando altos costos de limpieza y mantenimiento para la ciudad.
Inicialmente, Lee Kuan Yew consideró que la prohibición total era una medida excesiva para la época. Sin embargo, la persistencia del problema y el impacto en las infraestructuras públicas ha llevado a reevaluar la necesidad de una legislación más estricta para controlar el chicle.
Legislación acelerada sobre incidentes en el metro
El problema del chicle cobró urgencia después de la inauguración del sistema Mass Rapid Metro (MRT) en 1987. Las autoridades comenzaron a registrar casos de chicle pegado a los sensores de las puertas de los trenes, lo que provocó interrupciones en el servicio y obstaculizó el funcionamiento del transporte público esencial.
Este problema crítico ha llevado a las autoridades a reevaluar la necesidad de tomar medidas más estrictas. La interferencia con un sistema de transporte vital demostró el impacto práctico y el alcance de los problemas causados por la eliminación inadecuada de chicle en la ciudad.
La implementación de la ley en 1992 y sus repercusiones
Fue en enero de 1992 cuando el Primer Ministro Goh Chok Tong prohibió la venta de chicle. La decisión provocó discusión y controversia, atrayendo la atención de periodistas internacionales que frecuentemente resaltaron las estrictas reglas de conducta de Singapur.
Lee Kuan Yew defendió la necesidad de mantener ciertas reglas para preservar el orden en el país. En una conocida declaración, cuando le preguntaron si un chicle pegado al asfalto podía ser creatividad, respondió que “pegar chicle en las puertas del metro para impedir que se abran, a eso no lo llamo creatividad. Lo llamo travesura”.
Comprenda las excepciones y los mitos sobre el chicle en Singapur
Una creencia común es que mascar chicle en Singapur es ilegal, lo cual es un error. La legislación se centra principalmente en prohibir la importación, fabricación y venta del producto. Para uso personal, se podrán introducir al país pequeñas cantidades; sin embargo, su eliminación en lugares públicos puede dar lugar a multas.
Desde 2004 existen excepciones para los chicles con fines odontológicos o terapéuticos, que pueden adquirirse a través de profesionales autorizados. Estas excepciones demuestran que la prohibición no es absoluta, sino que tiene como objetivo controlar el impacto medioambiental y de infraestructuras del chicle.
Los efectos de la prohibición y la fama de ‘ciudad de las multas’
Tras la prohibición, las autoridades observaron una notable disminución de los residuos de chicle en los espacios públicos. También se redujeron significativamente problemas como el bloqueo de las puertas del metro, provocado por el chicle, contribuyendo a la eficiencia de los servicios.
La legislación contribuyó a la imagen de Singapur como un país con altos estándares de limpieza y comportamiento cívico. El profesor de derecho Eugene Tan comenta que los propios habitantes se refieren a Singapur, irónicamente, como la “ciudad de las multas”, debido al gran número de sanciones por conductas diversas. La intención de la ley no es impedir el acto de masticar, sino controlar el comercio y evitar que la eliminación inadecuada vuelva a convertirse en un problema público.
